Hermandad Internacional de la Virgen María la que
   Desata los Nudos, de la Vida del Matrimonio, de las
   Personas y de los Pueblos. 

Milagros de la Virgen María la que
Desata los Nudos

              Por: Mario H. Ibertis Rivera
              © Copyright by Mario H. Ibertis Rivera - 2003 - República Argentina

Primer Milagro en la Torre Perlach
(Versión novelada)

CAPITULO I.

Esta es una pequeña historia, que transcurre en los años 1705 en la ciudad de Augsburgo, cuna del catolicismo en Alemania, y el sitio donde nació la advocación de Maria Knotenlöserin (La que desata los nudos).
Los protagonistas fueron un joven, Hans, y una muchacha, Anna Justina, que crecieron en la barriada de la Fuguerei, un lugar muy cercano a la Torre Perlach y a la Iglesia de St. Peter, en la parte que baja hacia el río Lech.Como la mayoría de los habitantes de ese lugar, Hans descendía de familia de artesanos, y era de confesión católica; ella, en cambio, formaba parte de una familia protestante proveniente de lavinatera campaña.
Hans era 7 años mayor que Anna Justina, y ambos habían perdido a sus padres por motivos de los frecuentes enfrentamientos entre los nobles príncipes, que en cada feudo hacían una republiqueta. De niños se querían mucho y eran como hermanos al mismo tiempo que amigos íntimos, ya que la gran soledad en que los sumía su condición de huérfanos los mantenía férreamente unidos. Hasta que la llegada de la adolescencia transformó ese cariño de infancia en amor de juventud.
Anna Justina estaba a cargo de una tía abuela, la cual se mantenía católica. Esta, al ver el posible romance de la joven, decidió internarla con las monjas carmelitas. 

El joven la siguió frecuentando a escondidas. Era muy grande el amor e ingenua la relación, por lo que ellos, como inocentes niños, no veían mal en ello. Al pasar el tiempo, el llamado de la naturaleza humana los unió, y comenzaron a entablar relaciones íntimas sin que para ellos significara pecado. Los jóvenes vivían como Adán y Eva, en su paraíso. Ninguno de los dos se percataba de su particular situación, por lo que no caían en cuenta que esta relación no sería aprobada por sus familias.
Al mismo tiempo, sin sospecha alguna, las monjas del Convento de la Carmelitas, continuaban preparando a la novicia para que se integre al apostolado en la orden. 

CAPITULO II. 


La relación se fue complicando. El joven veía en ella el alejamiento, una vez que ella tomara hábitos e hiciera los votos formales. Los encuentros se tornaron, poco a poco, menos frecuentes, más ásperos y de cierta hosquedad.
Ambos sufrían esta situación, la cual precipitó al joven hacia los grupos protestantes, los cuales abrazó por despecho, más que por convicción.
El lugar de encuentro de los jóvenes amantes, era una habitación-depósito que estaba a la altura de la primera terraza de la torre Perlach. En ella pernoctaban después de la última guardia.

Como era su costumbre, sábado al atardecer ella visitaba la Iglesia de St. Peter en la Torre para rezar ante las dos únicas imágenes de la Virgen María, una escultura (1420) de una madona con los brazos vacíos, ya que no estaba el niño, y la otra, una extraña pintura de la Virgen, desatando los nudos de una larga cinta, en el Retablo dedicado a Nuestra Señora del Buen Consejo. Todos los sábados, Anna Justina rezaba el Santo Rosario, pidiendo por su madre muerta, por su abuela y por Hans. 

En este sábado en particular, una vez terminadas las oraciones, Anna Justina subió a la torre entrando en el sitio donde iba a encontrarse con su enamorado. Como ya estaba muy cerca de terminar su noviciado, vestía el hábito de la orden. Hans, eludiendo al guardia, sube las escaleras, y entra en la habitación donde ella le esperaba. En esta ocasión, la discusión se tornó agria y casi violenta. Él estaba convencido que había perdido el amor de su amante-amiga. 

Días antes, a pesar de su inexperiencia, Anna había caído en cuenta que estaba embarazada, y un mes antes había hecho con gran vergüenza y sentimiento de culpa los primeros votos. En la discusión no se atrevió a confesarle a Hans esta  gravísima situación. Después de este enmarañado altercado, en el cual ni él, ni ella, llegaron a comprenderse, Hans se despidió para siempre de ella, ignorante del hijo que su amante llevaba en el vientre. 

Llena de angustia y desesperación, Anna corrió tras de él por las escaleras de la torre. Pero la actitud del joven fue tajante: o ella se iba con él, o él la dejaba.Luego de escuchar el violento ruido del portón de entrada a la torre al cerrarse, Anna bajó unos peldaños llorando amargamente, y con gran desesperación se acercó al ventanal desde el cual se podía ver toda la ciudad. Tomó una pequeña escalera que usaba el guardia para iluminar la torre, y subiéndose a ella miró a través de las rejas del ventanal hacia la ciudad que comenzaba a oscurecer.
La luna nueva, con su aureola roja-brillante, presagiaba la tragedia. 

CAPITULO III.

Entre lágrimas, sintiendo vergüenza, tristeza, y gran desolación, sólo alcanzó a musitar, -Perdóname Dios mío.- Con rapidez, se quitó la cofia dejándola caer, y deshaciendo el vendaje de su rapada cabeza, tomó la larga venda y la pasó a través de los barrotes del ventanal dando varias vueltas alrededor de su cuello con firmeza.Con la mayor mortificación de cometer uno de los pecados mas graves, sin ser conciente de ello, dio un golpe con el pié a la escala. En medio de un gran estruendo y una luz enceguecedora, se sintió caer a un profundo abismo donde se escuchaban miles de voces y murmullos, presentándose en su conciencia todos los hechos de su vida, desde niña hasta ese momento. Hasta que de pronto todo se detuvo, y quedó en una completa y negra oscuridad. 

No sabe cuanto tiempo pasó, sólo que poco a poco, fue sintiendo calor que subía desde sus piernas hacia el torso. A través de los párpados, percibió una luminosidad y lo que pareciera una tibia mano sobre su rostro. Sentía como que estaba suspendida en el aire. 

Abrió los ojos y vio el hermoso rostro de un joven, brillante como el oro bruñido, muy cerca de su cara. Los ojos del joven le transmitieron una gran calma. Más abajo, a su costado izquierdo, vio de pie en un peldaño a otro con casco de soldado que también le miraba a los ojos, sin hablar. Más abajo atisbó a otro más, de pie con vestimenta de pescador, apoyado en una vara. Todo fue silencio por un largo rato. De pronto, sin sentirlo, aparecen unas pequeñas manos de mujer, menudas y muy suaves a la vista. Un tenue perfume, de aroma inexplicable, llegó a sus sentidos. Las manos, sin que ella las sintiera, comenzaron a desatar los nudos de la venda de la cual pendía. Con delicado esmero, estas manos fueron deshaciendo los nudos que ceñían su cuello, dejando caer la venda. No había sentido dolor, ni ahogo,  ni alivio. 

Una Voz.

La Virgen, que no se veía, solo se presentía, habló a través del primer joven. Nuestra Señora le hizo preguntas de las cuales Anna contestó algunas. María le contó sobre su desdichada vida, de ser huérfana, madre soltera, y de su mayor tragedia: el traer al mundo a un hijo para ser sacrificado. Solo le llegaría gozo cuando Jesús le llamara a su lado. El sufrimiento de Madre al ver la peligrosa vida de su hijo. La sabiduría que ella como mujer fue aprendiendo del fruto de su carne. Que ella (la Virgen) gozó tanto como sufrió. Aceptó el Legado de su hijo ante la Cruz. Que ella también tuvo dudas sobre si Jesús era el hijo de Dios. El desamparo, las persecuciones, hasta su Tránsito a la Vida Verdadera cuando su hijo la recibió en el cielo. Que en su compromiso ante él, durante toda la eternidad, compartirá los sufrimientos con sus “hijos”, a los cuales les brindó auxilio, y les ayudará siempre como inter-mediadora ante su propio Hijo. 

-No debes tener vergüenza hija mía,- decía la voz. -Nadie puede juzgarte, ya que sólo en tu libre albedrío has hecho una Nueva Vida, y para Dios, lo importante es la Vida. Si te has equivocado para las leyes de los hombres, solo busca el perdón de Dios en tu error. ¿Cómo puedes pensar en provocar dos muertes, la tuya y la que llevas en tu vientre? Eso sí es el pecado mayor que puedas cometer. Sólo Dios Padre tiene derecho a quitar, como lo ha hecho para dar Vida. Espera tu momento, cuando Nuestro Señor te llame, y no tuerzas el Plan Divino. Yo estaré a tu lado siempre que me invoques, seré tu amiga, hermana, madre, tu abogada, tu auxilio, tu guía.-
La monjita se sintió arrepentida por haber querido suicidarse, y se comprometió con la Virgen; aunque pensó que ya era tarde y que su muerte y la de su hijo ya estaba ejecutada. 

Después de escuchar esas emotivas y profundas palabras, la joven que estaba sostenida sin tocarla por los tres jóvenes, cayó en un profundo sopor. Ellos la depositaron tiernamente en el descanso de la escalera. La puerta de la Iglesia a la torre se abrió y apareció el anciano guardia. Cuando éste subió las escaleras, vio la escena iluminada por una luz pareja, casi irreal. La hermanita se destacaba por la oscuridad de su vestimenta, mientras que los tres se desdibujan para los ojos del viejo. 

El anciano preguntó, -¿Qué ha pasado?-, a lo cual sólo se escuchó, ya que ellos no hablaban, que le habían encontrado allí, como respuesta y como la joven lo hubiera deseado. El guardia, reconoció que la muchacha era una monja por el hábito del convento de las Carmelitas descalzas y esto le conmovió. Mirando a los tres jóvenes, el viejo se preguntó, -¿Qué hacen allí un soldado, un pescador y otro joven, que no parecía un habitante de esta ciudad, por su escaso ropaje a pesar de la fría noche?-

El guardia, con cierto temor por los tres, les dijo que debían llevarla al convento, ya que la mujer parecía enferma y desmayada. -Tú sabes el camino,- escuchó el viejo, a lo que asintió y tomándola debajo de los brazos intentó levantarla a modo de invitación a que los tres lo ayudaran. El soldado y el pescador, usando la lanza y la pértiga, improvisaron una camilla con la capa del soldado, con sólo apoyar la capa sobre esos elementos. El otro joven, levantó la venda, la cual alisó y acomodó junto a la cofia sobre el regazo de la monja. El guardia caminaba torpemente escalones abajo, mientras los tres bajaban el cuerpo de la joven como si flotara en el aire. 

Una vez en la calle, el viejo se volvió a buscar una linterna, y cuando la encendió, cayó en la cuenta que ninguna otra luz había escaleras arriba, lo cual le extrañó sobremanera. El anciano iba delante, deprisa caminando seguido por el singular cortejo, recorriendo en la fría noche de Augsburgo las veinte calles que separaban la Torre del Convento. 

Cuando llegaron al portón, los tres depositaron el cuerpo inanimado de la monja sobre una suerte de banco de piedra. El viejo miró el rostro pálido de la mujer, con temor a que estuviese muerta. El guardia subió los tres escalones, y agitó el llamador en forma insistente, hasta que al fin se encendió una luz en el interior del convento. Al escuchar unas voces que se aproximaban desde dentro, se dio vuelta para asentir a los tres, y con sorpresa vio que ya no estaban. Mirando hacia todos lados, no vio ni una sombra. Cuando miró instintivamente hacia el cielo vio la estela brillante de tres estrellas fugaces. 

Al abrirse el portón le recibió una gruesa monja que, casi a gritos, le espetó al pobre viejo una cantidad de preguntas de las que no pudo responder ni una. Al punto, bajaron dos monjas más, las que santiguándose se sumaron a las preguntas de la mayor. El viejo solo atinó a decir que la encontró en la torre Perlach de donde él era guardia, y no mencionó ni una sola palabra acerca de los tres jóvenes. Las monjas levantaron a sor Anna Justina, y con premura entraron al convento. El pobre anciano, casi a la carrera, se retiró caminando en sentido contrario de la Torre. 

CAPITULO IV

Las otras monjas llevaron a la joven a su celda. Le acostaron en su camastro y le desvistieron para arroparla, mientras otra le preparaba una taza de té. La rolliza monja que la recibió, examinó a la joven que estaba mortalmente pálida. Le llamó la atención unas marcas que tenía en el cuello, que no eran las que deja una soga, sino más bien como pequeños pinchazos en forma de collar. Lo que ella no se dio cuenta, es que eran marcas cicatrizadas de una rama de espinas, en lugar de las marcas que le hubiera dejado la venda con que se ahorcó. Pensando que talvez nunca antes le había visto esas marcas, no les dio gran importancia.

Cuando le fue a quitar las enaguas, pegó un grito que asustó a las demás monjas que la rodeaban. Todas ellas se acercaron, y levantando la voz les dijo, -¡Fuera de aquí niñas! Vayan a sus celdas, esto no es para ustedes.- Asombradas y sin entender tan extemporánea actitud de la rectora, se retiraron de la celda. 

Muy azorada, la monja mayor, se sentó en el borde del camastro, y con abundantes lagrimas en los ojos, acarició el rostro de la joven que permanecía desfallecida. La robusta y experimentada monja, lloró no sólo por percibirse de la preñez de la niña, sino en un instante pensando en su propia vida. De rodillas al lado de la joven, y con enrojecidos ojos, comenzó a rezar al Cristo que presidía al camastro. Quedó allí velando por la joven casi hasta el amanecer. Luego fue hasta la cocina, calentó un resto de sopa de la noche anterior, y se la dio a tomar a la joven. Después la abrigó y se retiró a su habitación. 

CAPITULO V - EL JUICIO

Para la rectora no había sido lo peor, ya que ahora debía dar parte a la Madre Superiora. A media mañana, golpeó tímidamente la puerta del escritorio.
- Pasa hija, ¿porqué te quedas allí?- dijo la Madre Superiora.
Tartamudeando, la rectora dijo, -Es que… que… hay un grave pro... pro... blema. 

La madre superiora levantó la vista de los papeles que estaba escribiendo, y por sobre los anteojos le miró fría y fijamente, -¿Cuál es el problema, mujer? ¡Sólo me han perturbado, los gritos, idas y venidas de ustedes! Y agrega la madre superiora, -Acércate, siéntate, y explícame, por el amor de Dios.
Temblando, la rectora, le dijo de sopetón, -¡Anna Justina esta embarazada!, y se echó a llorar amargamente. La madre superiora se quedó largo rato con la mirada perdida en el espacio. De pronto, en muy alta voz dijo, -¡Porqué lloras, qué tanto escándalo!- Se levantó de su asiento y comenzó a caminar de un lado al otro de la sala, mirando por las ventanas hacia el verde parque.
-Está embarazada… está embarazada, ¿y qué? ¿No es mujer acaso? ¿Es necesario que te recuerde que Nuestro amado Señor nos hizo varón y mujer, y que la misión de la mujer es procrear? Es muy natural, y lo natural es voluntad de Dios.
-Pero... Madre, ¡ha cometido pecado! ¡Y muy grave! – dijo la monja, desesperada. La superiora, dando un golpe de su puño en el escritorio, con aspereza casi le grita. - ¡Ah, quién habla y se pone de juez! ¿Te olvidas de tí y de casi todas nosotras? ¿Quiénes fuimos antes de abrazar nuestra misión? Te debo recordar además, qué dijo nuestro Señor Jesucristo acerca de quien puede tirar la primera piedra. Lávate la cara hermana Helga, y ve a ordenar los trabajos de hoy,- dijo la Superiora. 

Dejándose caer sobre el sillón de su escritorio, con una lágrima en la mejilla, la superiora rememoró su vida anterior al claustro. La madre Gertrude, de familia aristócrata, estuvo casada muy joven con otro noble. Tuvo dos hijos varones, y vivió muy feliz criando a ellos, y en compañía a su amante esposo. Las guerras se encargaron de abrirle el camino hacia el  claustro.

En 1683, Viena fue sitiada por los turcos, pero al rescate de los austriacos llegaron fuerzas de Bavaria, Sajonia, Franconia y Polonia. Dirigidas por el rey polaco Juan III, llegaron reconquistando el sitio y dispersando a los invasores. En un enfrentamiento entre tropas Bavaria y los turcos, sus dos hijos fueron muertos el mismo día. El desconsuelo de Gertrude no tuvo límites, asistida espiritualmente por su primo hermano, un sacerdote jesuita. 

Cuando su esposo regresó de la batalla, entre los dos enterraron a sus dos jóvenes hijos, uno junto al otro. La furia del barón esposo de Gertrude, no tuvo límites. Al día posterior al entierro de sus hijos, este emprendió una campaña en el sur de Bavaria en búsqueda de los sitiadores turcos. Sin piedad, cruelmente, aniquiló las tropas que le hicieron frente; pero no satisfecho con esto, como un loco asesino, arrasó con todas las aldeas que encontró en su paso, incendiando las casas, los campos, degollando mujeres, niños y ancianos sin tener en cuenta si eran, o no turcos. No quedó alma en pie. 

Cuando llegó a Augsburgo, ante su propia esposa, rompió la espada y con lo que quedaba, se abrió el pecho, quitándose la vida, entre maldiciones que gritaba contra Dios Nuestro Señor. Gertrude, aterrada y desconsolada, hizo traer a su primo, y se encerró en el Convento de las Carmelitas. Ella también había tenido su calvario; quién mejor que ella para entender los enredos de los hombres por sus conflictos políticos, y los sufrimientos de las mujeres que quedaban a la espera. Ya viuda, dejó los bienes a los sobrinos, se ordeno y comenzó su apostolado junto a otras mujeres, que unas más, otras menos, arrastraban sus historias. 

CAPITULO VI - LA CENA

Al cabo de una semana, la joven Anna Justina continuaba en cama casi sin probar bocado, con excepción de un poco de sopa y agua. Durante esos días, a pesar de la experiencia, la superiora se devanaba los sesos de cómo podía comunicar esta situación al resto de la comunidad, y que no se convirtiera en motivo de escándalo. Su primo, el padre Kurt Ignatius, estaba en uno de sus frecuentes viajes, aunque antes del fin de ese mes vendría al convento como lo hacía habitualmente, para celebrar misa y aconsejar a la superiora.
A la hora de la cena, Gertrude, la madre superiora, reunió a todas las monjas, incluyendo a las novicias y aspirantes. Al terminar la cena, con voz muy firme la superiora explicó con simples palabras que Anna Justina estaba encinta. Lo que primero fueran caras de asombro, pronto se tornaron en rostros de alegría en las jóvenes, y de circunspección en las más viejas. Hubo murmullos entre ellas, sin llegar al desorden. La madre superiora les pidió a todas que se pusieran de inmediato cada una en su celda a orar todas las noches por su hermana Anna Justina. Para que mejore su salud y prosiga su estado en buenas condiciones. Ordenó especialmente voto de silencio en el tema, no sólo fuera, sino dentro del convento. 

Anna Justina era visitada por Helga, la superiora, y otras hermanas. Hablaba muy poco con ellas, por sentimiento de culpa y cierta vergüenza reprimida. La joven ignoraba que ya era pública su situación en el monasterio.
A los quince días de la fecha de su postración, ya estaba en pie. Caminaba por el convento buscando algo que hacer como las otras. Ellas le invitaban a que leyera, orara y descansara. Como labor, le encargaron el cuidado de las azucenas, que por ser los últimos días de invierno, se veían secas, sin ninguna flor y tristes como la enjuta Anna, quien a esta altura, estaba encinta de tres meses.

CAPITULO VII

Pasaron los meses; el tiempo de verano animó un poco a la infeliz Anna.
Su vientre iba creciendo, como así también el temor de la madre superiora. Llegando a Septiembre, cuando comienza el triste otoño, la parición sucedería en cualquier momento. Helga, como experta, invitó a su primo Kurt a que se quede más tiempo en el monasterio, con la excusa de hacer un retiro espiritual con las hermanas. El día 27 de septiembre, la joven Anna se indispuso con evidentes síntomas de un trabajo de parto. El 28, Helga y otra de las monjas más viejas se preparaban para asistir a la parturienta. En medio de gritos de dolor, Anna fue asistida por las improvisadas matronas. En su experiencia, Helga, vio que la situación estaba complicada, y llamó a Kart, que además de cura era conocedor de medicina, para que las ayudara. Las violentas contracciones se sucedían y la cabeza del niño no aparecía. 

El cura-médico, sin vacilar, les previene, -Traigan muchas compresas, esto viene mal. Tengo que abrirle el vientre o la joven morirá-, dijo Kurt. Sacando su pequeño y muy filoso estilete, el cura abrió el vientre de Anna. En medio de la sangre, Helga buscó tomar la cabeza del nonato, pero con gran sorpresa vieron que el cordón umbilical rodeaba el cuello del niño. Prestamente y de un solo corte, Kurt liberó al niño de una muerte segura. Anna musitaba rezos y palabras, mientras dirigía la mirada hacia un punto fijo como si alguien estuviera allí. Y era verdad: sólo Anna veía el rostro de la misma Virgen María, que la salvara de su intento de suicidio. Después de limpiarla de la sangre que empapaba las sabanas, Anna continuaba susurrando palabras, tornándose su rostro apacible. Helga tomó al niño que berreaba como el mejor, y lo llevó a otra habitación. El padre Kurt se sentó junto a lecho de Anna y le sugirió que se confesara, con el objeto de una posible extremaunción. Anna dijo que no, que estaba bien, en paz y que la misma Virgen le había perdonado su error. Y que la misma virgen estaba en ese momento junto a ella. –Padre Kurt, ¿es que tú no la ves?-, dijo Anna, y estirando los brazos hacia el cielo, dijo, -Madre, ya estoy preparada - y expiró.

La habitación se iluminó sin dejar ver una sombra. El cura se levantó de su silla, mirando a su alrededor con gran turbación. Un aroma indescriptible, llenó sus sentidos. El férreo sacerdote cayó de rodillas, y apoyando los codos sobre la cama, acariciaba la frente de Anna con ternura paterna, mientras le decía, -Te pido perdón, niña de Dios, que Nuestra Señora te acoja en su seno, y seas el ejemplo de todas las que aquí viven y te han juzgado.- 

EP?LOGO

Anna Justina fue enterrada bajo una lápida, donde se dice fueron puestas las cenizas de Santa Afra, en la costa del río Lech. Santa Afra, (mártir) fue quemada viva en un palo a la orilla del río el 7 de agosto del año 304, por el prefecto romano de Augusta (Augsburgo) llamado Gayo, por la conversión de la mártir del paganismo al cristianismo. Su fiesta es el 5 de Agosto. Santa Afra fue muy venerada en el sur de Alemania. Al costado derecho del cuadro de María la que desata los Nudos, en la iglesia St. Peter am Perlach, existe una escultura en su honor, la cual es muy venerada. Nunca más se habló de Anna entre las internas, ni en la congregación. En el refectorio del monasterio, se puso una imagen de la Virgen. En los años 1920, la imagen de la Virgen María Knotenlöserin fue pedida por las monjas carmelitas, y estuvo allí algunos años. El motivo supuesto, es que este cuadro quería ser vendido por las autoridades de la iglesia. En el monasterio se hizo una muy mala restauración, en verdad sólo se le dio unas capas de un pésimo barniz sobre el óleo, que hace hoy día mucho más oscura la imagen. 

El hijo de Anna Justina, fue bautizado con el nombre de Ignacio Justino, llevando el apellido del padre Kurt. A Ignacio le entregaron para su crianza a la hermana menor del sacerdote,  que vivía en la ciudad de Althoting, donde estudió y se convirtió, con los años, en sacerdote jesuita. Fue enviado a España por la Compañía de Jesús a las Misiones del Guayra ( Brasil-Paraguay; etc.). Trabajó en la conversión de los indígenas, y en la defensa de ellos, que eran protegidos del esclavismo por los Jesuitas. Cuando todavía no tenía 50 años,  murió en Brasil, en esas Misiones entre mayo a agosto del año 1756 en la batalla de Caybaté,  junto con el padre Henis en la insurrección contra el ejército portugués-español, en el pueblo-Misión de San Lorenzo.
Allí fue sepultado, y dicen que en la misma tumba de rojos bloques de piedra labrados con las iniciales de Ignacio, enlazadas con el emblema mariano de la Compañía de Jesús. Una muy joven india, visitaba todos los días su tumba. Allí creció una enredadera con una variedad de “lirio de los Alpes” que no era conocida por los nativos, ni los europeos. Con el tiempo, los guaraníes extrajeron de esta planta un aceite que usaban como medicina. La flor era blanca radiante y muy parecida a la corola de la orquídea.

Nota: Los hechos son reales. Se le ha dado un giro literario para facilitar su lectura.

Derechos Reservados de Mario H. Ibertis Rivera © Agosto del 2004.- Publicada Agosto 2006.

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